Asistencia social, derechos políticos y nación en el siglo XIX

Mucho antes de que se desarrollaran los estados de bienestar, Europa ya debatió ampliamente cómo aminorar los efectos de la pobreza, qué iniciativas debía tomar el estado y qué debían hacer la iniciativa privada. En la Cataluña de la primera mitad del siglo XIX surgieron dos potentes proyectos reformistas, uno democrático y otro antidemocrático. El proyecto reformista democrático aunaba reformas sociales, la concesión de ciertos derechos políticos a los pobres y un concepto político de nación. El proyecto reformista antidemocrático, por contra, estaba de acuerdo con algunas reformas sociales, pero negaba todo derecho político a las clases populares y confiaba en un concepto de nación culturalista y organicista para construir el consenso en la sociedad del liberalismo. De estos proyectos, de su relación con el Estado y de cómo integraban el pasado catalán en sus proyectos de nación española, es de lo que hablo en el artículo:

Genís Barnosell, “¿Un reformismo imposible? Organización obrera y política interclasista (Cataluña, 1820-1856)”, en S.Calatayud, J.Millán y M.C.Romeo, eds. Estado y periferias en la España del siglo XIX, Valencia, Publicacions de la Universitat de València, 2009, pp.217-262.

Aquí podéis leer las conclusiones (pp.260-262) (a excepción de las notas a pie de página):

Erosionadas las formas de consenso propias del Antiguo Régimen, el “pueblo” devino una fuente de preocupación fundamental para las nuevas élites. Ciertamente, las formas de aproximación a su problemática eran múltiples y diversas, y la propia polisemia del término, heredada del siglo XVIII, muestra como el “pueblo” tanto podía ser el mito fuente de toda soberanía, como “turba” incontrolable o “verdadero pueblo”, paciente, trabajador y resignado. En este proceso, las élites urbanas idealizaron al pueblo rural, mientras las clases populares urbanas eran vistas frecuentemente como viciosas, revolucionarias y, por ende, ingobernables. De ahí que, a lo largo de la primera mitad del siglo XIX, el naciente folklorismo fuera en gran parte el intento de apropiación por parte de las élites urbanas de determinadas características de la cultura de las clases populares para definir lo que supuestamente era el “verdadero pueblo” y ofrecerlo como modelo al pueblo real de las ciudades -o, como mínimo, para consolarse con mundos aparentemente apacibles que permitieran evadirse de las consecuencias sociales y culturales que se derivaban de la ciudad industrial. Esta apropiación de la cultura popular no dejaba de ser sino una pieza más del proceso mucho más complejo de construcción de una comunidad nacional que debía establecer un nuevo marco de consenso que subordinara los posibles conflictos existentes entre sus miembros, a través de la invención y/o drástica relectura de la historia de la comunidad y de sus símbolos, y de su posterior difusión a través de medios tan diversos como la escuela, el ejército o la música “popular”. Siempre en el contexto de unos proyectos nacionales españoles, el deseo de estabilidad y orden social fue un elemento fundamental para la valoración positiva que de las tradiciones y del pasado catalán idealizado hicieran los conservadores -como hemos visto en Mañé y Flaquer. No puede decirse, sin embargo, que el uso político de este pasado tuviera sólo motivaciones conservadoras. Era, al contrario, patrimonio tanto de moderados como de progresistas y radicales, que lo integraban en sus proyectos políticos y sociales a partir de lecturas bien distintas: modelo de estabilidad social para unos; modelo de libertad para otros -mientras que en el lenguaje sindical las referencias al pasado catalán aparecerán sólo en la década de 1860 a pesar de compartir con anterioridad la visión progresista de las relaciones entre Catalunya y España. Así, los proyectos de nación se relacionaban estrechamente con los diversos modelos de sociedad, de ahí, que, desde la década de 1840, se construyera, por un lado, un modelo de integración subordinada de las clases populares que aunaba valores conservadores y religiosos, una concepción culturalista y organicista de la nación y un modelo antidemocrático de reformismo social, y, por otro lado, un modelo de integración relativamente activa de estos sectores, que aunaba una concepción más política de la nación y un modelo democrático de reformismo social.

Ante estos proyectos, es evidente que los sucesivos gobiernos españoles no estuvieron nunca dispuestos a gestionar la “cuestión obrera” a través de mecanismos de concertación social, como no estaban dispuestas a hacerlo de forma compleja con ninguna cuestión que antes pudiera ser entendida como de orden público. De ahí que las medidas de reformismo social que impulsaran fueran muy reducidas. Las élites catalanas, sin embargo, a excepción de algunos grupos progresistas, tampoco estaban dispuestas a ir mucho más allá. A corto plazo, optaron claramente por la represión, y los proyectos reformistas antidemocráticos que en algunos momentos defendieron con notable energía se creyeron satisfechos con los rudimentos de asistencia social que se construyeron en la España liberal. La concertación social a través de la negociación con los trabajadores nunca fue una opción por la que apostar de forma seria y permanente, y mucho menos si los trabajadores estaban organizados. Pero las escasas concesiones a las que estaban dispuestos, ni podían satisfacer a los defensores del potente proyecto reformista democrático ni podían hacer mucho para suavizar la tensión social de las ciudades catalanas. Algunos, como el Mañé de los textos de “Cataluña”, orientaron entonces sus esperanzas hacia los elementos más inmateriales de sus proyectos de consenso social (presentes, por otra parte, desde el primer momento), como la religión o los valores idealizados de la región. Pero ni la “moralización” ni este tímido reformismo fueron capaces de garantizar el orden social tal y como estas élites lo entendían, y mucho menos cuando, a partir de 1848, los fantasmas del socialismo y del comunismo vinieron a reforzar las múltiples amenazas que, en forma de bullangas, revueltas carlistas, republicanismo o lucha sindical, habían poblado su imaginario social desde los años treinta. En este proceso, las élites catalanas se desesperaron una y otra vez ante un estado que se demostraba enormemente inhábil para conjurar tales amenazas. Pero no porque el estado rechazara formas complejas de concertación social que ellos propugnaran, sino porque no sólo no cumplía adecuadamente una de les pocas tareas que debía cumplir todo estado liberal como era mantener el orden público, sino porque era demasiado centralista como para consensuar con una élite regional el uso del monopolio de la violencia y porque cuando proyectaba medidas “sociales” lo hacía de forma excesivamente intervencionista para el liberalismo de esta burguesía. Desde este punto de vista la política social fue, efectivamente, una de las causas del deterioro de relaciones entre los patricios catalanes y el estado moderado.

Entre el liberalismo y el saint-simonismo: J.Andrew de Covert-Spring

- Genís Barnosell, “Entre el liberalismo y el saint-simonismo: J. Andrew de Covert-Spring”, a Manuel Suárez, editor, Utopías, quimeras y desencantos. El universo utópico en la España liberal, Ediciones de la Universidad de Cantabria, Santander, 2008, pp.2008, pp.113-157.

El text analitza la biografia de Joseph Andrew de Covert-Spring entre 1828 i 1837. Covert-Spring va ser el pseudònim d’un militar espanyol que va prendre contacte amb el saint-simonisme en 1828/29, i que entre 1835 i 1837 va residir a Barcelona. A la ciutat comtal va desenvolupar una intensa activitat intel·lectual i política a través de la qual va divulgar elements bàsics del pensament saint-simonià, constituint sens dubte un projecte polític i social original a la Barcelona de l’època.

Tanmateix, un requisit imprescindible per portar-lo a la pràctica era la consolidació d’un estat constitucional, amb sufragi censatari i un poder executiu fort, que garantís en el present la llibertat individual i que pogués iniciar les reformes necessàries per arribar a un futur millor. Les exclusions de gènere i classe en el present eren fonamentals en aquest projecte i la participació dels “pobres” es deixava per al futur i la de les dones per a un futur més llunyà encara, malgrat que tant en un cas com en l’altre es projectaven reformes perquè, amb el temps, s’acabés amb l’”explotació” que sofrien ambdós grups. Aquest projecte es va difondre a través d’un grup coherent d’escriptors en els quals la influència romàntica i la seva concepció de la utilitat pública i revolucionària de l’art era molt fort.
Enfrontat, tanmateix, a la problemàtica de l’elaboració de la constitució de 1837, Covert-Spring va identificar els projectes democràtics d’ampliació del sufragi masculí com l’arribada de l’”anarquia”, i el seu pensament i acció política van sofrir canvis conceptuals, d’èmfasi i de companys polítics molt significatius, evolucionant cap al moderantisme. Aquesta evolució va ser, sens dubte, coherent amb molts dels punts de partida saint-simonians, però això no significa que aquesta evolució fos l’única possible, ni tan sols l’única coherent amb el saint-simonisme. Com mostren els seus dubtes de desembre de 1836 o les propostes d’altres escriptors, com Pere Felip Monlau o Pere Mata, una evolució menys dogmàticament antidemocràtica també hagués estat possible, sense per això vulnerar els principis saint-simonians en una mesura major del que els va vulnerar l’evolució moderada.

La “previsión social”. Historia y futuro

Los días 3 a 5 de julio ha tenido lugar en Vitoria – Gasteiz el VI Congreso de Historia Social de España, con el tema “la previsión social en la historia”. En este congreso se han analizado las múltiples estrategias que a lo largo de la historia, pero sobre todo en los siglos XVIII-XX, se han utilizado para proporcionar seguridad a las personas ante las contingencias de la vida. Instituciones como la Iglesia, el ahorro privado, iniciativas privadas colectivas como el mutualismo, el entorno familiar más o menos extenso, algunas empresas para sus trabajadores, y, en tiempos más recientes, el Estado, han sido los principales actores que a lo largo del tiempo han prestado esta ayuda.
Sin duda, la innovación más revolucionaria de los tiempos recientes ha sido la intervención del Estado. Recaudando impuestos a través de un sistema fiscal progresivo (es decir, que hace pagar más a quien más tiene), ha podido financiar servicios para toda la colectividad -en un proceso, por lo tanto, de redistribución de riqueza.

A pesar de esta intervención estatal, no deja de sorprender la continuada vigencia de los otros mecanismos de previsión social, ya sean éstos el mutualismo o las grandes empresas para sus empleados. Así, la familia -y, especialmente, las mujeres- se ha confirmado como el gran mecanismo de atención a la gente mayor, y eso sólo empieza a cambiar ahora muy lentamente, y me temo que con límites muy claros.

Por otra parte, en algunos países europeos -no en España, donde las prestaciones públicas siempre han sido inferiores- se podía pensar hace unos años que la expansión continuada del estado acabaría sustituyendo del todo a los mecanismos no estatales de prestación de servicios. Ahora, después de la resurrección del liberalismo y de la fuerte presión fiscal que impone el sistema público, queda claro que eso no se producirá. A medio plazo, el mundo de la “previsión social” continuará siendo complejo. Con el estado como suministrador muy importante de servicios, pero con muchas otras fórmulas que lo complementen o, incluso, lo sustituyan. Cada una de estas fórmulas tiene, sin embargo, sus implicaciones, que habrá que analizar con cuidado.

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